Sobre el conflicto de la circulación de la música en Internet y la aparente imposibilidad de controlarla se ha hablado miles de veces, y ayer mismo publicamos un artículo acerca de algunos de los argumentos que apoyan la gratuidad y la inconveniencia de prohibir las descargas libres. Hoy quisiera hacer un poco de historia y repasar la evolución de esta polémica interminable desde el lado opuesto: el de la industria discográfica.

El problema de la industria discográfica es que se vio rebasada en muy poco tiempo por una realidad tecnológica cuyos efectos no acertó a prever. En los años 80, la tecnología acababa de proporcionar a esa industria uno de los momentos más felices de su corta historia al sustituir el formato disco de vinilo por el disco compacto: los discos compactos eran baratos de fabricar, permitían almacenar y reproducir mucha más música y su precio final casi duplicaba el de los discos de vinilo. La industria operó la sustitución de un formato por otro sin anestesia, los discos compactos sustituyeron a los vinilos en poco tiempo, y los reproductores láser a los giradiscos con la misma rapidez.

Los primeros tiempos del disco compacto fueron memorables: las ventas eran altas y el margen de beneficio sustancioso. El modelo de negocio, sin embargo, no había cambiado en absoluto porque no lo necesitaba: los músicos seguían vinculándose a las discográficas por contratos semejantes a los que firmaban antes, los medios de promoción eran los mismos, la distribución sólo había variado en el tamaño de las cajas y la edición seguía los mismos patrones. Se seguían editando LPs de 10 o 12 canciones (pese a que en un disco compacto podían caber muchas más), singles de una o dos, y se aprovechó la novedad para reeditar en el nuevo formato centenares de referencias de catálogo. El perfil público del artista y su proyección como producto tampoco habían sufrido más variaciones que las propias de la moda, y se continuaba haciendo uso de los mismos medios de difusión. Me atrevería a decir que la aparición de los videoclips y de cadenas de televisión como MTV a principios de la década de los 80 supuso, para la industria, una novedad más profunda que la del uso del compacto en sus finales.

El disco compacto, sin embargo, no podía ser tan bueno. Los problemas comenzaron el día que los ordenadores personales -cuyo gurú era el hoy extrañamente olvidado Bill Gates– adoptaron también el formato CD como soporte de almacenamiento de datos, desplazando a los viejos discos floppy. El CD era un soporte ideal para almacenar información y podía alojar millones de ceros y unos…la música grabada y editada en este formato no era otra cosa: ceros y unos. El siguiente paso era inminente; la música de un CD podía ser leída por un equipo informático y…reproducida en él. Creo que este es el primer gazapo que se le escapó a la industria, el momento crítico en que no reaccionó. Porque esta vez no se trataba de que la música contenida en un disco de vinilo pudiera reproducirse en una cinta de cassette, que a fin de cuentas era un formato distinto: la cinta de cassette no equivalía al disco de vinilo, no era un soporte análogo ni comparable sino una especie de hermana pequeña sin atractivo suficiente para erigirse en sustitutivo.

De lo que se trataba esta vez era de que a un disco compacto cualquier equipo informático podía extraerle la música que contenía y almacenarla. En muy poco tiempo, podía trasladarla a otro disco compacto virgen que, a diferencia de las cassettes, sí resultaba ser casi idéntico al original, y que por tanto podía ser un sustitutivo más que aceptable. La estética o el valor del disco como objeto había desaparecido en buena medida con la jubilación forzosa del vinilo, por lo que la diferencia entre original y copia, a efectos de satisfacción del consumidor, era infinitamente menor que la antigua diferencia entre vinilo y cassette. La trampa estaba tendida.

Y había algo aún peor. La música podía saltar de un disco original a uno virgen, pero la pérdida podía contrarrestarse (si bien sólo hasta cierto punto) por impuestos o fórmulas -el ya famoso canon– que gravaran los discos vírgenes y cualquier equipo que pudiera cargarlos de música extraída de un original. No pasaba de ser un premio de consolación, pero el margen de beneficio que aportaba el CD amortiguaba un poco el problema. La industria aprobó estas medidas sin darse cuenta de que el verdadero conflicto estaba a punto de estallar.

Yo no recuerdo muy bien en qué año comencé a usar Internet. Probablemente en 1.998, cuando se instaló en la editorial en la que trabajaba. Lo que sí sé es que apenas un par de años más tarde tener Internet en casa era algo cada vez más usual. Aquellas conexiones eran lentas (muchos dirían que como ahora), caras (otro tanto) y los servicios que proporcionaba Internet más bien escasos. La posibilidad de transmitir datos se quedaba reducida al envío de correos electrónicos y attachments de peso medio. Pero era obvio que sólo era una cuestión de tiempo que todo eso se agilizara, aumentara y la transmisión de datos estuviera en la mano de cualquier usuario a volúmenes mucho mayores. Este fue el segundo y peor gazapo de la industria.

Porque en aquellos primeros años, la industria discográfica no fue capaz de ver en Internet más que un medio de promoción publicitaria. Aunque sólo un hacker con dos cerebros y cuatro brazos hubiera podido extraer la música de una web, las compañías sentían verdadera alergia a transmitirla (lo que hoy llamaríamos streaming) en sus páginas, que no contenían más que noticias, fotos y ocasionalmente vídeos de los artistas. Rara vez podías escuchar un single recién editado, y nunca o casi nunca un disco. Cierto que la industria no podía plantearse un modelo de negocio de venta de la música directa por Internet en un momento en que la inmensa mayoría de los usuarios no podrían acceder a él (ni por prestaciones técnicas ni por costumbre comercial), pero al menos debería haber valorado que eso iba a ocurrir, y haber adaptado su modelo a un medio que iba a implantarse de todos modos, estando atenta a qué cauces técnicos se fueran abriendo. La industria debería haber vuelto la mirada hacia las nacientes empresas tecnológicas, invertido en ellas y trabajado en la detección de las posibilidades técnicas que pudieran afectar a su negocio. Mi opinión es que no lo hizo, o que lo hizo tarde…Por supuesto, hablar cuando todo ya ha pasado es demasiado fácil.

Algo que tampoco hizo la industria fue reparar en que, al momento en que esa capacidad de transmisión de datos llegara, cualquier usuario podría emplearla para hacer circular la música de un disco compacto y entregarla a otros. Y no a través del correo electrónico; el primer foro que se abrió en Internet y al que pudieron acudir decenas (o centenares) de cibernautas debería haber hecho saltar la luz roja.

El resto de la historia ya la conocemos: las primeras webs que alojaron archivos para descargar, la irrupción del formato mp3, la aparición de Napster y su caída, Audiogalaxy, Soulseek, Emule y los sistemas P2P, el blogging, los archivadores online en los que detectar un fichero ilegal puede ser casi imposible…y la consecuencia de todo ello: algo que costaba 10 (un disco de vinilo) y que se sustituyó por algo que costaba 18 (un CD) de pronto pasaba a costar 0 y podía volcarse en un soporte equivalente al que costaba 18. O no volcarse en ninguno y trasladarse a un reproductor portátil diez veces más ligero que un walkman y cinco más que un discman. Hubo otras cosas raras como la fulgurante aparición y desaparición del minidisc (junto con el laserdisc y el sistema de vídeo 2000, los grandes misterios de la tecnología) y, por supuesto, la historia paralela del vídeo VHS y la irrupción del DVD.

Aquí está el problema: es ilegal y es perjudicial, pero se implantó a la velocidad del rayo. Y eso hace que sea sumamente complicado controlarlo…adquirir la costumbre de no pagar más por algo por lo que en otros tiempos había que pagar es algo tan sencillo que perderla es más difícil que dejar de fumar diez veces. Por eso creo que la única vía, al margen de la defensa de los derechos de los autores y los productores y su afirmación como una cuestión indisponible, es invitar a la propia industria a analizar en lo posible su modelo de negocio: no en cuanto a lo esencial del mismo (sugerir que produzca gratis no es una opción, sino un absurdo) sino tal vez en cuanto a una reorientación de su forma de exteriorizar lo que produce…vender música es algo que funcionará mejor reparando los efectos de la tendencia que llevó a desplazar la atención del contenido al continente; el culto popular y de consumo que perdieron los artistas y sus productores se ha desplazado en los últimos años de una forma asombrosa hacia los medios tecnológicos de ejecución y transmisión de su trabajo (Apple es el ejemplo perfecto), y creo que ese es un síntoma claro. No opino que la industria se equivocara gravemente ni que fuera demasiado confiada en la gestión de su negocio: los tiempos los marcó una evolución tecnológica rapidísima a la que sólo cabía unirse, y que desbordó cualquier previsión a tal velocidad que estar desorientado era lo más normal. Pero esa evolución no puede condicionar el contenido inmaterial de la creación (aunque influya de modo inevitable), ni conculcar los principios básicos de la Propiedad Intelectual, por más que las Leyes deban tenerla en cuenta a la hora de adaptar la funcionalidad de sus instituciones (nuestra Ley vigente, pese a sucesivas modificaciones y a la influencia de las muchas Directivas Comunitarias que ha acogido, no deja de ser un texto de 1.996). La realidad siempre va por delante, pero no debiéramos dejar que nos desplace.