El artículo 39 de la Ley de Propiedad Intelectual regula el ejercicio del derecho de parodia en nuestro Ordenamiento. Según su redacción, no será considerada transformación que exija consentimiento del autor la parodia de la obra divulgada, mientras no implique riesgo de confusión con la misma ni se infiera un daño a la obra original o a su autor. Probablemente, que exista un derecho de parodia (aunque la Ley no lo enuncia como un derecho) y que disponga de una regulación legal es ya una sorpresa para más de uno.

Lo cierto es que las parodias existen y que pueden considerarse todo un género creativo de origen antiquísimo, inicialmente en la literatura y, en tiempos más recientes, en el cine. Por eso no es extravagante que la Ley las regule, y sí muy conveniente saber a qué llamamos legalmente parodia, y cómo debemos entenderla.

De la definición legal que anticipamos, podemos extraer unos cuantos datos valiosos para comenzar:

En primer lugar, la Ley de Propiedad Intelectual entiende que la parodia de una obra ajena es un acto de transformación de dicha obra. Las transformaciones están, por su parte, reguladas en los artículos 17 y 21 de la Ley. Así, el artículo 17 dice que la transformación es un derecho exclusivo del autor, de modo que nadie podrá transformar una obra sin su consentimiento (o el de aquél que resulte titular derivativo -cesionario- del derecho). El mismo artículo 17 establece que se exceptuarán los casos previstos en la propia Ley, de manera que el artículo 39 es una de esas excepciones.

Por su parte, el artículo 21 define qué debemos entender por transformación, y lo hace expresando que la transformación es toda operación de modificación de una obra (como la traducción a otro idioma, o la adaptación) de la que se derive una obra diferente. Los derechos sobre la obra transformada (sobre la legalmente transformada, esto es, la que cuente con autorización) corresponderán al autor de la transformación, sin perjuicio del derecho del autor de la obra preexistente de autorizar, durante todo el plazo de protección de sus derechos sobre ésta, la explotación de esos resultados en cualquier forma y en especial mediante su reproducción, distribución, comunicación pública o nueva transformación. Es decir, que el autor original tiene una serie de facultades que le permiten limitar la explotación que el transformador pueda hacer de la obra transformada, autorizándola en todo o en parte, y obteniendo (si así se pacta) una compensación por ello.

Regresando al artículo 39, el círculo se cierra: la parodia es una transformación, pero una que no necesita la autorización del autor de la obra parodiada / transformada, que puede acometerse sin contar con su aprobación. No obstante, esa libertad de parodiar tiene límites: el artículo 39 dispone dos que son infranqueables, pero que pueden dar problemas: la evitación de cualquier confusión entre la obra paródica y la parodiada de un lado, la indemnidad de la obra parodiada y de su autor por otro. Y ni siquiera son los únicos; el artículo 40 establece que los artículos del Capítulo Segundo (del Título Tercero, Libro Primero de la Ley) no podrán interpretarse de manera tal que permitan su aplicación de forma que causen un perjuicio injustificado a los intereses legítimos del autor o que vayan en detrimento de la explotación normal de las obras a que se refieran, lo que funciona como una cláusula interpretativa añadida, de carácter limitador. 

El sistema resultante de esta composición es el siguiente: se puede parodiar una obra preexistente si ésta ha sido ya divulgada, y para parodiarla no se necesitará la autorización de su autor. La parodia que resulte, por su parte, no deberá entrar en confusión con la obra de que procede, ni ser de tal carácter que pueda entenderse dañada la obra original o su propio autor.

Puede parecer que la parodia es una realidad excepcional y anecdótica, pero lo cierto es que no. Especialmente en el mundo del cine, las parodias han llegado a constituirse en un subgénero popular y rentable: Scary Movie y una legión de subproductos relacionados (prácticamente cualquier película en la que hubiera aparecido Leslie Nielsen, por ejemplo) son parodias, y han sido películas absolutamente taquilleras, del mismo modo que en el género de la comedia es frecuente encontrar abundancia de escenas paródicas que remiten a otras obras preexistentes. La parodia es hoy menos frecuente en el mundo literario, pese a que este es exactamente su origen: El Quijote es, en buena medida, una parodia.

Tanto Scary Movie como el Quijote, puede pensarse, no son exactamente parodias de otras obras, sino más bien de géneros: la una del cine de terror, la otra de la literatura caballeresca en general. Tal cosa es cierta, pero no lo es menos que lo más usual al parodiarse un género (cinematográfico o literario) es que la parodia como tal recree personajes o situaciones procedentes de distintas fuentes preexistentes que sí son obras concretas. Si analizamos cualquier entrega de Scary Movie, veremos cómo la película en sí no es más que un pretexto -argumentalmente débil- para la escenificación paródica de secuencias de otras películas perfectamente reconocibles, las cuales son satirizadas. Cuando la parodia de género se limita a presentar arquetipos (personajes, situaciones) en un tono burlesco y sin conexión real con obras preexistentes concretas, entiendo que la parodia será una obra original e independiente, y no entrará en el ámbito del artículo 39.

En cuanto a los límites legales, lo cierto es que no todos son igual de claros. Podemos entender que una parodia sea una suerte de versión cómica (aunque la comicidad pueda apreciarse de muchas maneras distintas) de una obra anterior. Sin embargo…¿puede darse el caso de que el público confunda una con otra? La Ley así lo previene, y cuando lo hace está pensando en una parodia que se aplique por entero a una obra determinada, y que lo haga de tal manera que induzca a la confusión. Eso puede suceder, por ejemplo, cuando el propio título paródico remite de tal manera al original que puede dar lugar a errores, y lo  explicaré con un ejemplo: hace unos meses se editó en España un libro titulado Los hombres que no ataban a las mujeres, firmado por un tal Ste Arsson. La propia portada del libro parodia las que ilustraron en España las ediciones de la trilogía Millenium de Stieg Larsson publicadas por Destino, el título sólo difiere en una letra del original (Los hombres que no amaban a las mujeres) e incluso puede decirse que el nombre del autor -seudónimo en este caso- parodia el del original buscando una deliberada similitud. Cierto que en este caso la parodia es bastante chusca, el volumen del libro es mucho menor y la notoriedad absoluta de la obra original puede contribuir a diferenciar sin demasiada complicación uno de otro, pero -a salvo de la autorización correspondiente-, creo que este es el ejemplo más claro de una parodia que potencialmente podría generar confusión con el original.

El segundo límite tiene en mi opinión una naturaleza diferente: el daño a la obra original o a su autor no proceden tanto de la parodia en sí como transformación de una obra, sino de su contenido resultante; así, una parodia que incorporara un contenido escandaloso, o deslizara una crítica injuriosa hacia el autor original, o supusiera una ridiculización excesiva de la original, o incorporara contenidos ilícitos sería una parodia que ya ha excedido los términos de la propia comicidad o sátira, y se ha transformado en un medio para lesionar la honorabilidad del autor, sea directa o indirectamente. Obviamente, este escenario conduce a la posible aplicación del artículo 208 del Código Penal, en su caso, así como a considerar la Ley Orgánica 1/82, de 5 de mayo, de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen.

De todos modos, al abordar la creación de una parodia hay que ser estricto: no se puede tomar cualquier obra preexistente y, bajo el pretexto de parodiarla, manipularla o transformarla incorporándole elementos que el transformador considere subjetivamente irónicos, presumiendo que esa modificación va a estar en todo caso amparada por el artículo 39 y a ser inocua. La parodia debe serlo -en principio, y a salvo de la llamada parodia indirecta o quebrada– de la propia obra que se transforma, y no consistir simplemente en la reutilización no autorizada de una obra divulgada con un fin supuestamente humorístico que se dirija a una finalidad diferente.