Si la semana pasada anduvimos a vueltas con las obras gráficas, Pollock y Rothko, Warhol y el fauvismo, la noticia esta semana viene del mundo de la danza: la coreógrafa belga Anne Teresa de Keersmaeker denuncia que la coreografía que puede verse en el vídeo Countdown de Beyoncé Knowles es suya, procede de dos creaciones tituladas Rosas danst Rosas y Achterland y ha sido utilizada sin su autorización. En la prensa he leído la expresión pasos de baile robados, que es muy literaria y que daría para un artículo mucho más poético…

…Sin embargo, tendremos que ser más concretos y comprobar cómo lo primero que llama la atención es que sea una coreografía (o unos pasos de baile, si lo preferís) lo que pueda ser objeto de polémica, e incluso de robo…¿de verdad pueden robarse pasos de baile?

Es posible, para comenzar, que a alguien le sorprenda que las coreografías sean obras protegibles. Lo son sin duda; el artículo 10.1c) de la Ley de Propiedad Intelectual las señala expresamente, emparentándolas con las obras dramáticas, dramático-musicales y teatrales, y el Reglamento del Registro de la Propiedad Intelectual en su artículo 7.2.c) las ubica a los efectos en la Sección III, junto con esas mismas obras. Ahora bien…¿qué requisitos se exigen para registrar una coreografía?…los artículos 13 y 14 del Reglamento nos informan de que habrá -por supuesto- que identificar esa obra: su clase, su duración y una descripción de la misma que se hará por escrito, con una extensión no superior a 25 páginas. Eso significa que el coreógrafo autor deberá esforzarse en formular esa descripción escrita de su coreografía, que seguramente deberá contener la secuencia de pasos de baile empleados, su caracterización, tiempos, etc…a los ignorantes en el mundo de la danza se nos hace difícil imaginar exactamente cómo puede describirse adecuadamente una coreografía, pero lo cierto es que el Reglamento exige que esa descripción se haga por escrito, y lo lógico que se haga identificando los pasos y movimientos, el número de ejecutantes y sus evoluciones, etc.

Una vez registrada la coreografía, esta queda -como cualquier obra-, protegida registralmente. Sin embargo, esa protección registral muchas veces es malinterpretada. Una obra registrada no es una obra vacunada contra cualquier uso indebido, ni contra una vulneración de derechos, ni contra un posible plagio siquiera. Porque registrar una obra no otorga al autor registrado ni un solo derecho que no tuviera ya antes de registrar: el Registro de la Propiedad Intelectual tiene efectos declarativos y no constitutivos, lo que significa que en realidad es un medio de prueba, y no un remedio defensivo infalible. Esto significa que la obra registrada es una obra acreditada, probada, cuya autoría consta oficialmente, así como su fecha de inscripción y el régimen de sus derechos (reservados, cedidos, etc.). Y todos esos extremos pueden ser acreditados de forma oficial, haciendo prueba de lo que expresan con la bendición pública del Registro, lo que puede serle imprescindible a un autor en el caso de verse envuelto en algún problema que necesite resolver demostrando quién es autor, o en qué momento puede acreditarse que esa obra ya existía, o cómo sus derechos están reservados. Pero, contra la creencia popular, esa obra registrada no es, por el registro, una obra intocable.

Ignoro si las coreografías señaladas por Anne Teresa de Keersmaeker estaban registradas o no, pero el hecho es que ese dato es secundario cuando se trata de confrontar su similitud con las exhibidas por Beyoncé, en la medida en que sí habían sido divulgadas y comunicadas públicamente. De lo que se trata una vez más es de un juicio comparativo que confronte las opuestas y detecte hasta qué punto se parecen y, más exactamente, en qué: si los movimientos son semejantes, si se encadenan de una forma similar, si el discurso plástico de los ejecutantes es equivalente…de nuevo, habrá que ir a lo sustancial, teniendo en cuenta que detectar lo sustancial de una coreografía no es como detectar lo sustancial de una obra literaria o de una obra fotográfica. En una coreografía, ese aspecto sustancial se me representa como algo mucho más abstracto, de manera que el juicio técnico comparativo seguramente deberá descansar sobre el pronunciamiento probatorio (pericial) de un experto.

Y aquí entramos en algo que ya apunté la semana pasada al hablar de Jackson Pollock: si las cosas llegan a requerir un pronunciamiento judicial, al Juez le cae una papeleta complicada; el Juez es un experto en Derecho, pero no tiene por qué serlo en arte ni en danza. El Juez debe dar una respuesta jurídica interpretando y aplicando la Ley, y en estos casos debe hacerlo para vestir jurídicamente una realidad que no es jurídica sino estética, artística. El Juez acogerá una conclusión probatoria valorada, que deberá ser un juicio sencillo en su base: esto equivale en lo sustancial o no equivale en lo sustancial. Pero para llegar a ese juicio necesitará que esa identificación de lo sustancial venga apuntalada por la opinión técnica de un conocedor de la materia que, en contra, seguramente no lo será de la Ley aplicable. Al final, el Juez tendrá que dar una nada sencillo eco legal a una realidad extralegal, siendo inevitable que tenga que valorar aspectos plásticos para alcanzar esa conclusión, aunque sea al solo efecto de encajarlos en las definiciones jurídicas que aplicará. Y eso, creedme, ese es un arte aún más difícil.

Por último, también hay que hacer una distinción: no se trata de la semejanza entre el vídeo de Countdown y las coreografías de Anne Teresa de Keersmaeker; el vídeo es una obra audiovisual independiente con sus propios autores (guionista, director, autor de la música si esa música fue creada expresamente para el vídeo, lo que no se da cuando la música -la canción de Beyoncé en este caso- preexistía al mismo), la propia canción es otra obra distinta (cuyos autores son los compositores y autores de la letra), la coreografía es también otra obra distinta (cuyos autores son, en principio, los coreógrafos), los decorados -si los hubiere- son otra más también diferente, los vestuarios…sobre todo lo anterior, también cabe añadir los derechos de los actores sobre sus interpretaciones (no siendo autores propiamente), incluyendo a los bailarines sobre sus ejecuciones…de todo este conglomerado creativo, la identificación de un plagio sólo afectaría a los coreógrafos como autores de la coreografía (plagiada o no plagiada) por relación a la que se opone como preexistente y similar, por lo que Beyoncé -que posiblemente no tenía ni idea de todo esto- asiste como invitada a una polémica inevitable.

Porque sí, lo cierto es que se parecen más allá de algo ocasional o aislado. Y lo cierto también es que el parecido no es estático -como en obras literarias o gráficas-, sino que es dinámico, es una extensión representativa plástica, con independencia de que en algunos aspectos, incluso ambas obras compartan otros detalles de similitud exteriores como el vestuario.