La primera realidad jurídica del coworking es la que ofrece su carácter arrendaticio: el coworker alquila un puesto en un espacio. Ese espacio no es solamente una superficie física que pueda medirse en metros cuadrados, sino que además es un conjunto de elementos operativos dispuestos para que el coworker pueda realizar su actividad. Sin embargo, estos elementos tienen un carácter meramente accesorio; son auxiliares para el desarrollo de la actividad, pero no permiten, por sí, su realización de forma suficiente. Esa realización material suficiente necesita de la aportación por el coworker de sus propios medios o equipos.

De manera que lo que se está alquilando no es solamente el local, o la porción de local que se asigna individualmente al coworker, sino unos servicios que se le proporcionan en ese espacio. Así, lo usual es que los servicios puestos a su disposición consistan en una conexión eléctrica para sus ordenadores, discos externos, tablets y otros, junto con una conexión a la red Internet que puede verificarse por cable o por WiFi. En este último caso, lo que se le proporciona al coworker es una contraseña de acceso que le permita esa conexión, al margen del dispositivo físico que la haga posible. Es posible que también se asigne una línea telefónica fija o que todo lo anterior se complemente con el acceso a otros servicios comunes (periféricos como una impresora, escáner, fax) cuyo uso puede estar, no obstante, sujeto a determinadas condiciones (horario, uso máximo, precio añadido).

Paralelamente, el coworker puede tener acceso a otros espacios dentro de la organización-coworking: servicios, instalaciones comunes para comidas o salas específicas habilitadas para reuniones profesionales, recepción de clientes, etc. Estos espacios añadidos, en la medida en que son o pueden ser de uso común por el resto de los coworkers, estarán seguramente sujetos a algunas indicaciones que permitan esa utilización compartida por todos (horarios, reserva previa, etc.) y pueden ser, en el caso de una sala de reuniones, objeto de un precio separado por uso.

El coworker alquila este espacio y servicios integrados por periodos semanales o mensuales (eventualmente y para usos muy específicos, incluso por horas) y no queda sujeto para aprovecharlos a más limitaciones temporales que las que se deriven del horario de acceso decidido por la organización. Quiere decirse que el coworker no va a tener ni un horario de entrada, permanencia y salida determinado por esa organización ni un deber de permanencia horaria mínima, pudiendo entrar, permanecer y salir en el régimen de tiempo que decida de forma autónoma.

Por supuesto, esta configuración arrendaticia genera los deberes típicos: el organizador / arrendador debe poner a su efectiva disposición los servicios contratados en condiciones de funcionamiento, garantizar el libre acceso y permanencia en las instalaciones del coworker, realizando todas las operaciones que aseguren la idoneidad del espacio y servicios alquilados para el fin para el que se han contratado (reparaciones, sustitución de elementos averiados o defectuosos, etc.). El coworker / arrendatario debe, por el contrario, pagar el precio estipulado, usar diligentemente del espacio y servicios arrendados y destinar uno y otros a la actividad para la que lo fueron. Es importante precisar que la facultad de uso que el coworker obtiene está restringida a esa actividad, no pudiendo destinar el espacio y servicios a otra distinta. Obviamente, eso implica que a la hora de formalizar un contrato es aconsejable definir qué actividad realiza el coworker, qué actividad va a desempeñar en el espacio arrendado. Por supuesto, el coworker responderá del uso indebido o del deterioro que pudiere causar de forma culpable en el espacio y elementos arrendados, bien por sí o bien por un tercero que hubiere podido acceder al coworking a invitación suya.

Accesoriamente, el coworker debe informar al arrendador de cualquier incidencia perjudicial que impidiera la prestación del servicio, y tolerar las reparaciones que fueran precisas para mantenerlo en el uso pacífico de su puesto, admitiéndose la posibilidad de que, si las mismas impiden el uso efectivo y se dilatan en el tiempo, pueda pactarse una reducción del precio. En espacios de coworking en que los servicios integrados en el espacio arrendado son de tipo tecnológico, eso es algo perfectamente posible.

Una vez definido a qué tiene acceso el coworker y en qué términos, lo usual es que el coworker traslade a su espacio sus propios medios de trabajo. Esos medios van a consistir habitualmente en uno o varios ordenadores y otros equipos o medios accesorios (discos duros, tablets, software…) de su titularidad. El coworker puede decidir si los lleva consigo en todo momento o si los deja en el espacio. Y en este segundo caso (natural cuando los equipos sean varios y no fáciles de trasladar como un simple ordenador portátil), surgirá el conflicto acerca de qué sucede con ellos cuando el coworker no está físicamente en su espacio. Lo que quiere decirse es que el coworker tendrá la preocupación natural de averiguar si existen medidas de seguridad en el espacio de coworking que le permitan estar tranquilo cuando no se encuentre en él y sus equipos sigan allá. A ese efecto, es más que aconsejable que todo organizador de coworking disponga medidas de seguridad en su local y las ponga en conocimiento del coworker: cierres, alarmas o seguros deben ser eficaces y estar operativos. La eventual sustracción o daño de los equipos dispuestos por el coworker puede desatar una tormenta de problemas absolutamente perjudicial para el conjunto de la actividad, comenzando por la determinación de las posibles responsabilidades en razón del suceso de que se pudiera tratar (entrada por la fuerza de terceros durante horas en que el coworking estuviera cerrado, desaparición de objetos durante la jornada habitual de presencia de coworkers…). Hay que entender que un coworking es un ecosistema de actividad apasionante pero frágil, en el que el equilibrio de intereses puede romperse por causa de un solo agente cuya actuación puede repercutir en todos los demás.