Como es conocido, el diario ABC ha publicado estos días varias noticias relacionadas con una acusación de plagio de que es objeto Manuel Cruz, presidente del Senado español. Se trata -siguiendo al diario- de una serie de similitudes supuestamente detectadas en un manual de filosofía de que es autor, publicado en 2002 y reeditado en 2010. Es inevitable que esta noticia traiga también a la memoria acusaciones semejantes que, hace justamente un año, apuntaron a la tesis doctoral del Presidente del Gobierno.

Sin embargo, no es mi propósito analizar ninguna de estas acusaciones, ni lanzar ningún juicio acerca de la existencia o no de plagio en estos casos, más allá del comentario que puedan merecer las informaciones que se han hecho públicas. Para concluir si existe realmente un plagio no hay nada más apropiado que poder comparar las obras enfrentadas, de manera que si no las conozco sería muy poco inteligente pronunciarme. Y desde luego no las conozco.

Sobre el plagio ya hemos dicho en varias ocasiones que no es un concepto legal. La Ley de Propiedad Intelectual no lo define… y ni siquiera lo menciona. El Código Penal se limita a incluirlo en la lista negra de conductas delictivas que recoge el artículo 270, sin definir tampoco en qué consiste. El significado hay que buscarlo en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, conforme al que plagia quien copia en lo sustancial obras ajenas, haciéndolas pasar por propias. Luego para que haya un plagio tiene que haber una obra (no basta una mera idea), tiene que haber una copia (sustancial) y tiene que haber una pretensión por parte del plagiador de atribuirse el resultado como suyo.

En la antigua Roma, plagiator era el que robaba esclavos, o el que compraba personas libres como si fueran esclavos, reteniéndolos en su servicio. Ese antiguo plagiador era, pues, o un ladrón o un secuestrador. Y de hecho, en varios países de América Latina, la palabra plagio se sigue usando hoy con ese significado romano de secuestro que el Diccionario también conserva. Es bueno apelar de vez en cuando a los romanos, y especialmente si se es abogado; la alternativa pasa por tomar como modelos las ocurrencias anglosajonas que han infestado nuestra ciencia de inventos utilitaristas con la profundidad de un charco.

Pero no nos desviemos: el plagio consiste en apropiarse la creación de otro para dar origen a una obra que carece de originalidad por ser, precisamente, una copia de otra anterior. No hay una técnica ni una medida objetiva para concluir que estamos ante un plagio. La conclusión solo puede salir de una comparación de las obras enfrentadas, de lo que tienen de esencial y de cómo una se refleja -o no- en la otra.

En los casos de plagio que se denuncian en el mundo académico, la acusación más abundante es la de omitir citas. Es decir, tomar palabras o párrafos enteros de otro autor sin identificarlo ni entrecomillar el préstamo. Esto constituye un plagio básico y literal, porque si adopto la explicación o la crítica de otro pero omito indicar su autoría, el lector interpretará que es de mi creación. Aquí estaríamos ante el plagio verbatum (más latín) o palabra por palabra: es el simple corta y pega que toma partes de la obra ajena y las incluye en la propia sin diferenciación. Obviamente, este tipo de plago se ejecuta habitualmente por fragmentos, ya que es poco usual que nadie se atreva a tomar la integridad de una obra ajena para rebautizarla como propia, al menos si la original ya está divulgada… detectar el plagio sería sencillísimo. También es comprensible que este sea el método de plagio más usual en el ámbito académico o científico, donde los estudios y las tesis se nutren naturalmente del análisis de otros autores precedentes y sus trabajos sobre un tema. En las obras literarias de ficción no es habitual, aunque también ha habido casos (la novela “Sabor a hiel” que firmó Ana Rosa Quintana en el año 2000 contenía párrafos enteros secuestrados de otras obras de las autoras Danielle Steel o Ángeles Mastretta).

Más controvertido es el llamado plagio inteligente. La inteligencia de este método consiste en reproducir un razonamiento sin adoptarlo en su literalidad: decir lo mismo empleando palabras distintas, creando un texto formalmente no equivalente… pero coincidente en su significado. Este tipo de plagio puede ser mucho más difícil de detectar, y aún de valorar si efectivamente es tal. Puedo convenir con otro autor en una determinada idea y puedo adoptarla, desarrollándola con una forma de expresión que no sea estrictamente coincidente con la original. En realidad, y si lo que hago es reproducir esa idea bajo una forma diferenciable, no podría decirse que esté plagiando. Se me podrá objetar poco mérito científico o creativo, pero no un plagio. A menos que esa diferencia formal sea escasa y pretenda enmascarar una verdadera copia del esfuerzo ajeno eludiendo emplear las mismas palabras, pero tomando todo lo esencial del mismo modo en que estaba formulado, caso en el que lo único que he hecho es un esfuerzo por camuflar mi apropiación que ya no lo es tan solo de la idea básica sino de su forma de exposición, de su estructura y su sentido completo. El plagio inteligente sí es más habitual en otros campos creativos, pero en el académico puede presentar problemas a la hora de ser evaluado. Quiero decir que no es improbable el caso de un trabajo académico alimentado de plagios inteligentes que podría pasar la prueba de su calificación legal, pero que sería detectable en el aspecto científico. Si esto ocurriera así, la denuncia de plagio podría no tener un exacto acomodo legal, pero sin duda tendría efectos académicos y la sanción del desprecio por escaso o nulo valor científico.