Una receta de cocina se compone de dos elementos: sus ingredientes y el proceso para cocinarlos. En ambos casos se trata de información, sobre componentes por un lado y sobre método por otro; la preparación de un plato es, en sí, un proceso, y la receta su guía de instrucciones. Desde luego, un plato puede ser algo inventivo en la medida en que contenga una composición de ingredientes poco habitual, o incluso estéticamente apreciable según se presente. Pero el plato no es sino el resultado de aplicar la receta: su aspecto es importante, pero no es lo que lo define.

Esto no lo hace algo sencillo; si tomamos como ejemplo a un chef tan mediático como Dabiz Muñoz, comprobaremos que calificar sus platos como creaciones no es exagerado, al menos en el sentido habitual del término. Tras cada uno de ellos hay una cuidadosa selección de ingredientes y un proceso -a veces larguísimo- de ensayo y error en los tiempos, puntos y temperaturas. También hay un trabajo de presentación y servicio diseñado al milímetro para que la comida impresione al ojo antes de impresionar al paladar. Y, para rematar, incluso hay una búsqueda del nombre del plato que lo represente y lo haga sugerente. 

La pregunta es la siguiente: ¿las recetas de cocina podrían ser aceptadas entonces como obras intelectuales y protegerse igual que se protege una novela o una obra fotográfica? En los últimos meses hemos visto un movimiento de defensa de esta posibilidad por parte de varios chefs, que entienden que esta vía les permitiría registrar sus recetas para así protegerse de imitaciones o plagios. Es una preocupación del todo comprensible; una receta original puede ser copiada o imitada y, sin mayor protección, la exclusividad que hace que solo puedas probarla en este o aquel restaurante se desvanece, perjudicando el esfuerzo hecho por su creador…y su inversión.

A favor tenemos el hecho de que nuestra Ley ofrece un catálogo no limitado de creaciones que pueden ser consideradas obras; lo son cosas tan dispares como proyectos arquitectónicos o coreografías, y no hay ninguna prohibición que excluya expresamente a las recetas. En realidad, las recetas siempre pueden ser inscritas en el Registro de la Propiedad Intelectual (pensemos en todos los libros de cocina que se han publicado), aunque lo cierto es que, en ese aspecto, solo reciben protección como obras literarias: no puedo plagiarlas en la forma en que están escritas, pero nada me impide cocinarlas como y donde quiera.

En contra, estimo que hay muchos obstáculos. La Propiedad Intelectual protege obras, que es tanto como decir que ampara formas de expresión, resultados creativos originales. Y las recetas no son exactamente resultados, sino métodos para obtenerlos. Las recetas se basan forzosamente en elementos inapropiables que existen en la naturaleza (los alimentos) y lo que hacen es proponer mezclas de unos u otros añadiendo un procedimiento de elaboración que también está ya definido. De acuerdo, cocinar en una sartén no es exactamente lo mismo que hacerlo en un wok, pero en ambos casos se trata de llevar los alimentos a un punto de cocción mediante calor en un recipiente. Los platos tampoco tienen verdadero sentido como obras estéticas, porque están para ser consumidos y, de todos modos, blindar su apariencia tampoco es lo que más preocupa a los chefs.

No puede decirse que no existan medios para proteger las recetas. Lo que sucede es que no son infalibles. A día de hoy, el modo más eficaz de proteger una receta sigue siendo mantenerla en secreto, y encomendar el alma del negocio a las normas que prohíben la competencia desleal: guardar reserva sobre los ingredientes y el proceso, no contar qué lleva ni cómo lo lleva. Si al otro lado del plato hay un espía gastronómico capaz de desentrañar hasta el último detalle con una cucharada, mala suerte (tendría que ser un auténtico lince), pero si después otro restaurante comienza a ofrecer un plato parecido hasta el punto de poder indicar que está imitando sin duda el original, tal vez haya algo que hacer al respecto. Sobra decir que es un escenario bastante improbable. Y esto es lo que preocupa a los chefs, porque una buena política interna de protección de secretos puede ser la mejor defensa, pero no es invulnerable. Y tampoco puede plantearse firmar un acuerdo de confidencialidad con cada comensal.

En fin, no es nada fácil plantear que una receta, por elaborada que sea, pueda encajar en el mismo régimen legal que una obra de teatro… aunque tampoco un programa de software tiene nada que ver con un cuadro, y el hecho es que ambos comparten buena parte de su regulación legal.