El pasado mes de septiembre, un juzgado francés presentó cargos frente a Equivalenza Europa, matriz de la cadena española de productos de perfumería Equivalenza, por la venta de perfumes en Francia empleando tablas de equivalencia. El juzgado reaccionaba a una denuncia presentada por FEBEA (la Federación Francesa de Empresas de Belleza) contra Equivalenza, a la que acusaba de valerse de esas tablas de equivalencia en sus productos considerándola una forma de falsificación. La Gendarmería francesa intervino numerosos establecimientos de la franquicia y obligó a retirar los perfumes de sus estanterías.

Supongo que todos sabemos de qué hablo: determinadas marcas de perfumes promocionan y distribuyen sus productos asociándolos con los de otros fabricantes, señalando -por ejemplo- que su ‘perfume nºx‘ pertenece a la misma familia aromática que otros muy conocidos. De hecho, los perfumes emparentados de esta forma suelen tener un parecido bastante claro con aquellos. En realidad, los están imitando.

El olor de un perfume es el resultado de una fórmula en la que se combinan distintos ingredientes, una fórmula oculta que las compañías guardan celosamente como un secreto industrial. La industria de la perfumería (y especialmente las firmas más internacionales) lleva tiempo presionando para que los aromas de sus productos puedan inscribirse y defenderse desde algún tipo de registro, pero hoy por hoy la idea de amparar una marca olfativa continúa siendo una quimera sin hueco en las leyes.

Si el secreto es el único medio de protección de las fórmulas, no es menos cierto que un experto puede detectar qué componentes lleva -por ejemplo- Chanel nº5 y, en condiciones técnicas adecuadas, reproducirlo con cierta fidelidad. Si consigue este resultado y lo comercializa, aun a falta de un registro como el que piden las industrias de perfumería, la Ley puede salir al paso de esa conducta neutralizándola como un acto de imitación en el marco de la competencia desleal.

Sin embargo, lo que compañías como Equivalenza hacen es complicar el método permitiendo que sus perfumes se parezcan a otros aunque sin reproducirlos plenamente. Recuerdan mucho, pero no son exactamente iguales. Para completar la estrategia, publicitan ‘tablas de equivalencia‘ en las que sus productos son presentados como equivalentes a otros o pertenecientes a una misma familia de aromas. Y esta no es sino una manera de atraer hacia sí el prestigio de otras marcas pretendiendo que sus perfumes están de alguna manera vinculados a aquellas.

Aquí llega el problema: aunque un perfume no esté registrado, emular de forma intencionada sus propiedades más esenciales puede considerarse un acto de imitación. Y la intención de imitar queda al descubierto cuando la propia comercialización del perfume busca inducir al consumidor a asociar lo que compra con el nombre y las características de otros perfumes muy conocidos (y bastante más caros), conducta que la Ley puede sancionar también como explotación indebida de la reputación ajena.

No solo en Francia se han desatado procedimientos contra estas prácticas; en España, el Juzgado de Marca Comunitaria número dos estimó en una sentencia del pasado año 2015 la demanda interpuesta por la mercantil Puig contra el grupo Saphir (uno de los patrocinadores de la próxima gala de los premios Goya, que comercializa sus perfumes bajo las marcas Caravan, Saphir o IAP), considerando la suya como una ‘explotación parasitaria‘ de productos ajenos y condenando a cesar en la misma… Se da la circunstancia de que Puig también obtuvo una sentencia favorable frente a Equivalenza por las mismas razones.

(publicado en Huffington Post, 12 de enero de 2016)