Desde que el uso de internet se extendió, la industria discográfica viene enfrentando una situación crítica; la reproducción y distribución ilegal de fonogramas se multiplicó provocando una caída de las ventas en todo el mundo. La lluvia de beneficios que atrajo la introducción del CD acabó en pesadilla con la irrupción del formato mp3 y su facilidad para obtener copias ilimitadas. Fue la época negra de las plataformas de descarga, la era de Napster, Emule o Megaupload… Solo en España, los ingresos de la industria discográfica cayeron en torno a un 70% desde 2001.

Internet aprieta pero no ahoga: los servicios de streaming (emisoras personalizadas de radio online en las que el usuario elige qué quiere escuchar) han crecido cerca del 40% en España durante 2014… el streaming está superando incluso a los servicios legales de descarga, que hasta ahora monopolizaba Apple a través de iTunes. Portales como Spotify generan beneficios que alivian la deriva de las discográficas reclutando nuevos suscriptores cada día. Su modelo es sencillo: tarifa plana por horas ilimitadas de música, royalties por cada escucha y riesgo cero de piratería. Si no hay descarga, no hay copia.

Las ventajas del streaming son evidentes: el coste para las discográficas se minimiza y la rentabilidad es aceptable. Pudiendo escuchar una canción en cualquier momento y lugar, tanto en un equipo doméstico como en un teléfono móvil, ya nadie piensa en piratearla. El problema es que tampoco piensa en comprarla.

Aquí aparecen los inconvenientes. La evolución de internet estaba exigiendo de las compañías un replanteamiento de su modelo tradicional de negocio, pero el streaming es algo que les ha venido impuesto y que no han creado ellas. Si Spotify no hubiera tenido aceptación inmediata en todo el mundo, las discográficas seguirían licenciando sus catálogos a regañadientes, reservando artistas o confiando en que el streaming no iba a tener más utilidad que la de una emisora convencional, es decir, la promoción para animar al público a comprar discos (más o menos, lo mismo que pensaron de internet en su conjunto). La aceptación del streaming en realidad ha venido forzada por las circunstancias y no es pacífica: los porcentajes de beneficio son objeto de peleas constantes e incluso algunos artistas (como la superventas Taylor Swift) deciden de pronto retirar sus canciones. Ese es el verdadero problema: en el streaming no se vende la música sino que se cobra (menos) por escucharla, mientras la industria discográfica no varía sustancialmente su maquinaria: se sigue produciendo en formatos convencionales con la vista puesta en la venta de discos físicos. El modelo de negocio de las grandes compañías sigue en la indecisión mientras la oferta se multiplica a través de productoras menores y la demanda experimenta un relevo generacional… no solo de miles de consumidores que ya no compran discos, sino de miles que nunca han comprado música.

Si el mercado de la música popular está fundamentalmente compuesto por consumidores de entre 15 y 40 años, eso nos coloca ante un público mayoritariamente joven, con escaso poder adquisitivo y enorme facilidad para hacerse con el manejo de nuevas tecnologías. Ambos factores combinados (especialmente el uso de la telefonía móvil) inclinan los hábitos de consumo hacia fórmulas como el streaming sobre la venta física, aunque también explicarían el repunte de las ventas de formatos que se consideraban obsoletos (los resucitados discos de vinilo son el ejemplo) entre el público de más edad.

Para las discográficas, el futuro es complicado: la evolución tecnológica provoca cambios demasiado rápidos y obliga a replantear los criterios de negocio ante condiciones externas a veces imprevisibles. Eso arrastra otro problema para sus estructuras empresariales y, especialmente, para las empresas auxiliares a las que comienzan a sobrarles plantas de fabricación o servicios de distribución y, por ende, trabajadores. Cuando se habla del impacto de la tecnología -legal o ilegal- sobre la industria cultural no se suele reparar en que el eslabón más débil de la cadena es el empleo que se destruye, por lo general, en países en vías de desarrollo.

Para los artistas, los nuevos cauces de explotación también tienen ventajas e inconvenientes. A la posibilidad de grabar y difundir su trabajo licenciándolo en un portal de streaming sin pasar por una productora convencional hay que oponer un mercado cada vez más concurrido en el que las obras tienen mucha facilidad de entrada pero escasas opciones de destacar. En cuanto a sus derechos como autores, tienden a volatilizarse o terminan resultando de ejercicio casi imposible… las leyes pueden tratar de ordenar el tráfico de música o aplicarse a funciones de vigilancia, pero no pueden abarcar la inmensidad de la red ni limitar las condiciones leoninas que a veces se imponen a los autores para comunicar su obra.

(publicado en Diario de Navarra, 13 de marzo de 2.015)