Napster fue la primera gran red P2P que operó en internet. Lanzada en 1999, llegó a contar con más de 26 millones de usuarios en apenas año y medio, y tuvo que enfrentar el primer gran proceso dirigido por las principales compañías discográficas y la RIAA (Recording Industry Association of America) contra un operador de internet. Las demandantes obtuvieron una condena ejemplar: Napster vio cerrados sus servidores por orden judicial y hubo de afrontar una indemnización de casi 30 millones de dólares por infracción de derechos de autor.

El resto de la historia es conocido, los usuarios de Napster emigraron a otros servicios (Audiogalaxy, KaZaa, Emule, LimeWire…), el tráfico P2P nunca se detuvo y Napster trató de sobrevivir reconvertido en servicio legal de descargas. Sin embargo, la irrupción de Apple en el mercado de distribución online de contenidos con iTunes desplazó a Napster a un sombrío segundo plano, al menos hasta su reconversión en servicio de streaming de la mano de Rhapsody, la plataforma de música online que adquirió la marca en 2011 mediante un acuerdo con Best Buy.

De este modo, Napster resucita. Lo hace como marca comercial de Rhapsody y transformada en canal de streaming online, orientado esencialmente a dispositivos de telefonía móvil y diseñado como competidor directo de Spotify. Rhapsody firmó en 2012 un acuerdo con Vodafone y la operadora inglesa ya ha comenzado a ofrecer suscripciones a sus usuarios: IVA aparte, dos euros mensuales por acceso a un repertorio limitado de 60 canciones y siete por acceso ilimitado al catálogo completo (Napster ofrece hasta 20 millones de canciones).

En este Napster no queda ya nada del antiguo. Se mantendrá el logo porque el propio concepto Napster tiene un halo legendario en la historia de la Red que revierte en la identidad de marca: casi cualquier usuario de internet sabe qué fue Napster aunque no llegara a utilizarlo. Spotify enfrenta la llegada de un rival fuerte en detrimento de otros servicios como Grooveshark y la conclusión no puede ser más evidente: la música popular se escucha, definitivamente, en streaming.

Las discográficas cada día venden menos soportes físicos y más licencias, pero siguen produciendo la música según procedimientos que en muchos casos no han variado sustancialmente desde los tiempos de la producción de grabaciones físicas. La música se promociona de una forma sensiblemente diferente, pero se graba y se contrata prácticamente del mismo modo. Desde que en 1930 la compañía RCA lanzara los primeros discos de vinilo a 33 rpm. (un fracaso inicial, en la medida en que las estrecheces de la Gran Depresión lo hicieron comercialmente inviable) y posteriormente los discos sencillos a 45 rpm., la industria de producción musical ha contado con los artistas como generadores de repertorios de canciones comercializables en colecciones separadas, aplicadas a esos formatos de grabación y renovadas cada cierto tiempo. Ese esquema ha pervivido incluso frente a la práctica ampliación de posibilidades que supuso la introducción del disco compacto (en el que podían registrarse muchos más minutos de música) y sigue rigiendo la producción actual: se graban discos, se compilan una docena de canciones, se destacan dos o tres como sencillos con mayor gancho comercial y se trata de vender el lote completo usando estas últimas como muestra. Los artistas conciertan contratos de arrendamiento de obra comprometiéndose a crear y proporcionar composiciones que, seleccionadas y grabadas con cargo a la compañía productora, son explotadas mediando la cesión de los derechos al precio que se determine en contrato. Y el producto se lanza al mercado.

Sin embargo, la percepción del público a través del streaming es distinta, y va acentuándose. En un servicio de streaming puedo acceder a estas colecciones de discos, pero lo cierto es que la tecnología prácticamente me está invitando a no hacerlo de ese modo: puedo seleccionar canciones, puedo componer listas personales con mis preferidas y puedo saltar de unos artistas a otros a completa voluntad. Mi acceso a la música es fragmentario, se atomiza, se convierte en una multiplicación de opciones referidas a canciones concretas entre las que el concepto de colección cerrada (el disco, el producto discográfico como tal) se desdibuja hasta el punto de convertirse en algo sin demasiado sentido. Yo tengo más de 40 años y lo acuso, de modo que estoy convencido de que para un oyente de 20 el disco es algo simplemente imperceptible en muchos casos.

No creo que el futuro revitalice esta forma de producir, pero tampoco creo que su transformación vaya a ser rápida: todos los canales accesorios de promoción -e incluso el planteamiento de la explotación de la música en directo, al menos a gran escala- siguen directa o indirectamente anclados en este sistema. Probablemente, será otra pequeña revolución la que haga girar el curso de la industria, y probablemente también ocurrirá en sus márgenes, sin su advertencia, en el momento menos esperado como sucedió con internet. La industria… ¿volverá a llegar tarde?

publicado en Huffington Post, 28 de octubre de 2.013