El artículo 1.542 del Código Civil dice que el arrendamiento puede ser de cosas, o de obras o de servicios. Comenzando por el primero de ellos, el artículo 1.543 establece que, en el arrendamiento de cosas, una de las partes se obliga a dar a la otra el goce o uso de una cosa por tiempo determinado y precio cierto. Esta cosa puede ser un bien mueble o inmueble (y, aún en este caso, una parte del mismo). Analizaremos más adelante los dos tipos restantes de arrendamientos, en la medida en que también tienen influencia en el mundo del coworking.

Cuando pensamos en un coworking, y sin perjuicio de que vayamos a valorar también todos los elementos inmateriales que lo rodean -y que en buena medida le dan significado-, convendremos en que lo primero en que pensamos es en un espacio físico, un espacio ordenado de tal forma que está dispuesto para acoger a una pluralidad de personas. Ese espacio está generalmente organizado para recibirlas y para alojarlas proporcionándoles unas determinadas prestaciones planteadas para alcanzar la finalidad del coworking: que el coworker se instale en él, que resida de una forma más o menos estable y pueda actuar en él desarrollando su actividad e interactuando con los demás coworkers y la propia organización del coworking.

Es cierto que los coworkers también se orientan a la satisfacción de necesidades más ocasionales y reciben a personas que no tienen una intención ni de permanecer de forma estable ni de emplear durante mucho tiempo las instalaciones y servicios que provee el coworking (los coworkers itinerantes o nómadas). Sin embargo, creo que no es exagerado afirmar que el sentido real de un coworking es fundamentalmente el de lograr una cierta permanencia y consolidar un grupo más o menos estable de coworkers… ello no solo porque esta sea la forma más rentable de mantenerlo, sino también porque los fines interactivos del coworking tienen más sentido si su fomento de la comunidad recae sobre un grupo estable. Todos convendremos en que un coworking no pretende equivaler ni a un locutorio ni a un cibercafé, con lo que el flujo de usuarios, si es constante y excluye la estabilidad, dificultaría que un coworking pudiera desarrollar proyectos de estímulo de la colaboración entre personas que no van a poder mantenerla en el futuro inmediato.

Todo esto nos conduce a valorar que esa estabilidad de los coworkers y la posibilidad de poder desarrollar sus actividades particulares en un entorno adecuado apuntan a considerar que lo esencialmente útil para el coworker es, precisamente, ese espacio físico que se le cede. Cualquier servicio adicional que se le ofrezca recaerá sobre él y lo necesitará como base práctica. Ese, en mi opinión, es un rasgo que empuja a aceptar que el coworker es fundamentalmente un arrendatario, y que lo es por el espacio físico que ocupa.

Desde luego, tampoco pretendo reducir la idea del coworking a esta disposición de un espacio (no sería ni justo ni suficiente), pero sí afirmar que este es el elemento básico de la relación, el que sustenta todos los demás siquiera en un sentido elemental. Esta será la premisa que manejaremos en adelante.