Nuestro primer quebradero de cabeza va a ser caracterizar la relación que se establece entre el coworker y el coworking: ¿hay un arrendamiento de local o hay solamente una prestación de servicios? El hecho es que algunos coworkings defienden que su relación con los coworkers constituye una prestación de servicios, de modo que el espacio físico que los coworkers ocupan tiene una importancia accesoria. Este planteamiento en ocasiones se afirma señalando el parecido práctico que existe entre un coworking y un cibercafé o, incluso, otros negocios como un gimnasio. Aunque lo tomemos a los meros efectos explicativos, no es una mala comparación.

Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con ella. Si vamos a comparar la situación en que se encuentra un coworker frente a la que vive el socio de un gimnasio, podremos comprobar que sus similitudes son indudables, pero que también lo son sus diferencias.

En ambos casos, el usuario (y con esta palabra sintetizaremos al socio / cliente del gimnasio y al coworker) paga una cantidad periódicamente que le permite acceder al local físico y usarlo. Puede que en ambos casos ese acceso esté restringido a un calendario y horario determinados, o condicionado de otro modo según las exigencias particulares de cada negocio.

Una vez dentro, el usuario puede hacer uso de lo que se le ofrece. En el gimnasio, puede acceder a duchas, saunas, salas de ejercicio y máquinas de todo tipo para completar esos ejercicios. También puede ser que el precio incluya acceso o reserva de otros espacios (pistas interiores de squash o pádel), sin perjuicio de que además se le ofrezca la posibilidad de contratar servicios adicionales que pagará aparte (monitor personalizado, actividades añadidas…).

Sin embargo, el uso que un cliente de un gimnasio puede hacer de lo que se le ofrece también tiene limitaciones: que yo tenga a mi disposición la sala de máquinas no quiere decir que pueda usar cualquiera de ellas en cualquier momento, porque el hecho es que los demás clientes tienen el mismo derecho que yo a emplear todas ellas (es decir, todos ellos tienen las mismas facultades de uso sobre todo el gimnasio al mismo tiempo): puedo encontrarme con que ninguna bicicleta estática está libre, con que en la máquina de bíceps hay cola o con que la pista de pádel está reservada hasta el cierre. También es posible que las clases de spinning estén completas y no pueda inscribirme hasta el trimestre que viene.  

 

En un coworking, el coworker no se encuentra en la misma situación. El coworker (y pensamos fundamentalmente en un coworker residente, es decir, en alguien que no acude de forma meramente ocasional) reclama y obtiene un derecho a ocupar un determinado espacio con carácter generalmente exclusivo: este que se me ha asignado es mi sitio, y tengo derecho a encontrarlo libre y a mi disposición cada vez que entre. No debo guardar cola ni confiar en que no habrá demasiada gente, porque el resto de los coworkers tienen igualmente asignado un espacio propio que yo no puedo ocupar, y ni ellos ni yo hemos adquirido un derecho sobre todo el coworking y sus instalaciones por completo.

Por otro lado, la actividad que yo realizo en un gimnasio está -al menos en lo básico- programada o predeterminada por el gimnasio: quiero decir que yo puedo acudir a un gimnasio para hacer ejercicios aeróbicos de mantenimiento, para muscularme o para realizar otras actividades deportivas, porque esa es la utilidad delimitada que el gimnasio me ofrece. Si no hay una pista adecuada no puedo practicar atletismo, si no hay piscina no puedo practicar natación. Y eso es así porque mis posibilidades de uso dependen exactamente de las instalaciones de que el gimnasio disponga.

En un coworking, por el contrario, la actividad que yo desarrolle no depende de las instalaciones que me proporcione el coworking, porque el coworking lo que me está brindando fundamentalmente es un lugar para poder realizar las que yo decida -además de determinados servicios que fomenten esas actividades, las faciliten o procuren su desarrollo conjunto con otras personas, por ejemplo-, usando medios que son míos y no del coworking, medios que aporto yo. Digamos que las máquinas de ejercicios (los medios) con que voy a hacer ejercicio en el coworking son mías, las llevo yo y solamente yo puedo usarlas a menos que las ceda a otro. Ciertamente, esto tampoco significa que en un coworking yo pueda llevar a cabo cualquier actividad que se me ocurra… difícilmente podré instalar un laboratorio químico o un túnel de lavado.

 

Si nos quedamos con esta idea podremos ver la diferencia: el gimnasio me ofrece el servicio porque dispone de los medios y me invita a usarlos con la extensión que eso me permita, siendo esa invitación equivalente para todos los socios / clientes, mientras que el coworking me permite que sea yo quien organice qué voy a hacer sin proporcionarme los medios para hacerlo, que debo aportar yo y que solamente yo puedo usar. El coworking, por eso, me está brindando algo más que el servicio, y es el propio lugar en que organizarme (e incluso disfrutar otros servicios que se me ofrezcan). También, según veremos, ese será el lugar desde el que yo voy a prestar servicios a otras personas, algo que no puedo hacer de forma autónoma o independiente en un gimnasio.

Esto es, en definitiva, un rasgo que invita a diferenciar la mera prestación de un servicio de lo que un coworking me ofrece. Un coworking me ofrece algo más, porque me está ofreciendo fundamentalmente un espacio en el que autoorganizarme, un local para que yo desarrolle una actividad, una referencia estática para esa actividad.

Sin embargo, tampoco nos detendremos en esta comparación. Seguiremos adelante perfilando en lo posible qué es un coworking…