Probablemente todos hemos escuchado la noticia acerca de la supuesta demanda que el actor Bruce Willis iría a interponer frente a iTunes/Apple. La razón para esa demanda -siempre según los medios de comunicación- no sería otra que la indignación que a Willis le ha producido descubrir que la enorme colección de archivos descargados desde el servicio iTunes de que es titular a través de su cuenta se extinguirá en el momento de su muerte, de manera que no podrá dejársela a sus hijos como herencia.

Probablemente las cosas no sean exactamente así (el entorno de Willis ha desmentido que el actor esté pensando seriamente en presentar una demanda), pero independientemente de lo que resulte finalmente de este rumor, creo que es una ocasión excelente para hablar sobre lo que ya se ha dado en llamar la cultura del acceso.

Hasta hace unos años, el consumo de bienes culturales (y nunca dejo de morderme los labios cuando tengo que asumir la unión de la palabra cultura con la palabra consumo) era, en buena parte, un consumo de objetos: comprábamos libros o comprábamos grabaciones en distintos formatos (discos de vinilo, discos compactos, cintas de vhs o dvd) que nos llevábamos a casa para leer, escuchar o ver. El objeto que adquiríamos incorporaba una copia de una obra de creación, era un ejemplar de esa obra, y podíamos disfrutarlo en cualquier momento. Llegado el caso, podíamos deshacernos del objeto: tirarlo, revenderlo, regalarlo. O podíamos conservarlo; la cultura del objeto nos permitía construir esos pequeños (o a veces grandes) templos que llamábamos bibliotecas.

Sin embargo, el modelo de explotación de la cultura desde la aparición de Internet y su desarrollo ha alterado radicalmente esta concepción. El objeto se ha desmaterializado, ha desaparecido sustituido por una fórmula binaria de ceros y unos que lo contienen de forma casi invisible.

No se trata solamente de que, desde hace años, una sinfonía de Brahms no necesite de un soporte material para ser escuchada. Se trata de que el archivo informático que la contiene tampoco ya necesita ser trasladado de un servidor a una terminal individual para que lo escuchemos. En cambio, lo que obtenemos es un acceso, un derecho a ejecutar ese archivo remotamente y disfrutar de su contenido. Esta es una forma de explotación especialmente rentable y favorecida, además, por la lucha contra la piratería: la mejor manera de eliminar el riesgo de que dupliques el archivo que descargas y lo uses, llegado el caso, de forma ilegal es… no permitiéndote la descarga y asegurándote en cambio la libertad de usarlo de forma remota. Más barato y más seguro.

Tampoco vamos a quedarnos boquiabiertos ante esto como si fuera una genialidad diabólica. En el mundo de la cultura, hay muchas manifestaciones creativas que, desde la noche de los tiempos, han sido puestas a disposición del público al público de esta manera: cuando pagamos una entrada de cine o asistimos a un concierto lo que hacemos es pagar por un acceso (limitado) a una comunicación pública o una interpretación de una obra. El cambio consiste en que ahora Internet nos invita a extender esa forma de acceso a obras que antes sí necesitaban un soporte material para ser explotadas y ahora ya no lo necesitan.

La consecuencia de todo esto es que ya no compramos libros ni discos, porque no compramos objetos. Contratamos accesos, contratamos servicios que nos permiten ejecutar grabaciones o documentos en aparatos diseñados para ello y a los que podemos hacer descender los archivos que hemos contratado desde la nube. Sobra decir que el coste de almacenamiento de todas esas obras en la nube es irrisorio para las compañías que lo proporcionan, y que la comparación con los costes de edición y distribución tradicionales arroja una diferencia para la que no hay adjetivos. Es, en fin, como si estuviéramos en un inmenso museo en el que se exponen toda clase de obras y pagáramos por poder acceder a esta o aquella sala. Cuando salimos del museo no llevamos nada bajo el brazo como sí hacíamos cuando salíamos de una librería, aunque se supone que podemos volver a entrar y recorrer las salas que hemos pagado en cualquier momento.

El problema es que seguimos creyendo que hemos adquirido algo. Por eso a Bruce Willis, igual que a miles de usuarios, le han llevado los demonios cuando ha comprobado que no es dueño de nada de lo que ha contratado, que sólo es un invitado al almacén de archivos a quien, una vez fallecido, cancelarán la tarjeta. Willis soñaba con dejar a sus hijos su biblioteca, pero esa biblioteca ya no existe y sólo es una nebulosa lejana en la que flotan bits de información.

Nuestra Ley de Propiedad Intelectual dice, en su artículo 3.1, que los derechos de autor son independientes de la propiedad y otros derechos que tengan por objeto la cosa material a la que está incorporada la creación intelectual. Luego, llegado el momento en que esa creación ya no está necesariamente incorporada a una cosa material, todo se volatiliza, y no queda derecho de propiedad sobre cosa alguna del que poder disponer, o hacer constar en un testamento como deseaba Willis.

Hace ya unos años publiqué en la web Legaltoday un artículo sobre, tal vez, una de las primeras manifestaciones de esta nueva realidad: se trataba del caso de dos libros electrónicos de George Orwell ofrecidos por Amazon que habían sido retirados de su catálogo por una infracción de derechos: la supresión de las obras en el catálogo de Amazon supuso la pérdida de acceso a las mismas por los usuarios que las habían contratado, y que tuvieron que interrumpir su lectura o darlos por perdidos.

Y siendo algo menos nostálgico, ayer mismo en El País se publicaba un artículo interesantísimo de Daniel Verdú bajo el título “el fin de la cultura de los objetos”, cuya lectura -aquí enlazada- recomiendo.