En las entregas anteriores hemos visto qué alcance y qué límites tiene el derecho a la propia imagen, especialmente respecto de cargos públicos y personas notorias. Ahora bien, ¿qué sucede con las personas anónimas?… ¿qué proyección tiene el derecho a la propia imagen de quienes ni ostentan un cargo público ni disfrutan de ningún tipo de notoriedad?

El artículo 8.2 de la Ley Orgánica 1/82, que ya conocemos, establece en su apartado c) que el derecho a la propia imagen no impedirá la información gráfica sobre un suceso o acaecimiento público cuando la imagen de una persona determinada aparezca como meramente accesoria.

Por supuesto, el punto de partida es el mismo: todos -y no solamente los cargos públicos o  las personas notorias– tenemos derecho a nuestra intimidad y a nuestra propia imagen. Por eso todos podemos impedir que sea captada y reproducida, con las particularidades propias de cada caso. Las personas anónimas, obviamente, no estamos expuestas de la misma manera que los cargos públicos o las personas públicamente conocidas a la invasión de nuestra intimidad o a la captación de nuestra imagen, sencillamente porque no despertamos un interés informativo: no tenemos paparazzis apostados a la puerta de nuestra casa o esperándonos en el parking del supermercado.

Sin embargo (y esto es algo especialmente común desde la aparición de internet), no es del todo infrecuente que podamos tropezarnos con nuestra propia imagen en un medio de comunicación o en una red social.

Cuando se trata del primer caso, lo probable es que nos encontremos con que hemos aparecido en una fotografía o en un vídeo tomados a propósito de una información periodística: se nos ve presenciando algo o transitando por la calle en que se captaron las imágenes. Estas situaciones son las que cubre el artículo arriba citado: para la Ley, esa no es técnicamente una foto nuestra, sino una fotografía de un suceso o evento noticioso en la que nuestra aparición es algo puramente accidental, accesorio. No se trata de que seamos nosotros quienes aparecemos entre el público de un espectáculo o en las inmediaciones de un accidente, sino de exponer ese acontecimiento con entera independencia de quiénes fueran las personas cuya imagen se captó (salvo que su concreta identidad forme parte sustancial del acaecimiento sobre el que se informa). De todos modos la Ley está exigiendo dos cosas: el carácter público del suceso y la determinación identificativa de la persona. Esto es tanto como decir que no basta con que hayamos creído reconocernos, sino que en todo caso, para plantearnos lo regular de la situación, nuestra imagen debe ser perceptible, identificativa en el sentido de que se nos pueda reconocer directamente. Por otra parte, y en cuento a la publicidad del suceso, la misma hay que entenderla como el acontecimiento que sucede en una vía pública, en un lugar de acceso público, o que por su naturaleza excede de lo estrictamente privado, adquiriendo trascendencia pública y, por ello, interés informativo justificable.

Los problemas se plantean a veces con determinadas webs que cuelgan galerías de fotos. Estoy pensando, por ejemplo, en algunas páginas de negocios de hostelería nocturna a las que les encanta exponer imágenes de su local en plena fiesta, especialmente en estos meses de verano. Las personas que aparecen en ellas (clientes) muchas veces no saben que han sido fotografiados, y probablemente no lo consentirían de haber sido advertidos: tengo derecho a salir sin que nadie me fotografíe haciéndolo, y no sólo porque pueda aparecer con mal aspecto. En mi opinión, aquí no hay un interés informativo tutelable de ningún modo, sino un mero ánimo publicitario de carácter privado que no puede prevalecer sobre el derecho a la propia imagen salvo que las personas fotografiadas lo consientan y autoricen su exposición (y no solamente que se les tomara la fotografía, en el caso de que lo hubieran advertido).

En las redes sociales las cosas son distintas, comenzando por la ausencia de un fin informativo propiamente dicho. Probablemente muchos de vosotros os hayáis tropezado alguna vez con vuestra imagen en una fotografía tomada por un tercero y subida a su perfil o a sus álbumes de fotos de acceso público. Incluso es posible que os hayáis visto etiquetados, identificados. Mi opinión al respecto es sencilla: no se trata de cuánta gente pueda tener acceso a vuestra imagen (salvo que fuera un acceso terriblemente restringido o sólo permitido a unas pocas personas que se conocen y pueda entenderse que consienten la publicación, en cuyo caso no hay nada que objetar), sino del propio hecho de vuestra presencia y visibilidad pública en una imagen reproducida que no habéis autorizado. Que yo consienta que mi amigo X me haga una fotografía no implica que acceda por esa sola razón a que la exhiba en una red social, y menos aún que la etiquete identificándome con mi nombre y apellidos. Si me encuentro con mi cara visible en un álbum de fotos expuesto a la vista pública, no tengo por qué tolerar esa exposición si no lo deseo. Por lo tanto, puedo reclamar del administrador de las imágenes que retire la mía, la pixele o cubra mi identidad, y para eso no necesito justificar ninguna razón especial de seguridad. También puedo dirigirme a la administración de la red social y denunciar esa práctica para que retire la imagen. Por supuesto, y en el caso en que se me hubieren podido irrogar perjuicios demostrables, podré también reclamar un resarcimiento.

Estas situaciones afectan también a los cargos públicos que no se encuentren desempeñando las funciones de tal cargo, ni en un contexto en el que sea ese cargo lo que define su presencia en uno u otro lugar. También a las personas notorias cuando no sea ni su notoriedad ni la naturaleza públicamente accesible del lugar en que se toman las imágenes lo que motive la captación de la imagen. A estos efectos, me remito a los dos artículos anteriores.

Por supuesto, esta es una visión ligera de los problemas muchas veces complicados que pueden presentarse. A esta exposición debería añadirse también todo lo derivado de la protección de datos personales, materia especialmente sensible en el campo de las redes sociales, de la que no nos ocuparemos por ahora.