La consideración de notoriedad o proyección pública de una persona es un concepto indeterminado, pues no está sustentado en una explícita definición legal. El concepto de cargo público, que ya conocemos, es mucho más sencillo de delimitar: obviamente, lo es quien desempeña un cargo de esta naturaleza. En cambio, esa notoriedad y esa proyección públicas no ligadas a un cargo pueden resultar, en ocasiones, más bien difusas. Hoy trataremos de entenderlas.

Si hacemos un repaso a grandes rasgos de la jurisprudencia recaída en estas materias, podremos ir recopilando datos acerca de quién puede ser considerado notorio públicamente: lo son por ejemplo las modelos (particularmente las llamadas top models, Sentencia del Tribunal Supremo de fecha 18 de noviembre de 2.008) o los periodistas populares por su presencia habitual en los medios de comunicación (Sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid de 29 de enero de 2.009). En el mismo sentido, la Sentencia del Tribunal Supremo de 11 de junio de 2.010 consideró personaje de relevancia pública al demandante como persona asidua en los medios de comunicación. Si reunimos estos rasgos podemos ir abriendo un campo amplio: son personas de proyección o notoriedad pública los actores, deportistas, artistas, toreros y personas en general que tienen una pública presencia en los medios de comunicación, entendiendo que esa notoriedad viene a equivaler a un público conocimiento de su identidad y, por supuesto, de su imagen.

La Sentencia del Tribunal Supremo de 30 de noviembre de 2.012 planteó un caso interesante: una actriz y modelo había sido fotografiada en compañía de su pareja durante unas vacaciones, en lo que genéricamente llamamos actitud cariñosa; la Sentencia declaraba que, si bien ella era indiscutiblemente una persona notoria como modelo y actriz de profesión, y con proyección en la esfera pública en la fecha de publicación del reportaje como consecuencia de su intervención como protagonista en una serie de televisión emitida por una cadena nacional, su acompañante -pese a que la revista demandada se esforzaba en acreditar que también era un personaje con relevancia pública por razón de su actividad profesional-, y al margen del prestigio que pudiera tener entre los profesionales de su círculo, no podía merecer la misma consideración: a nivel social y para el público en general, rsu conocimiento y su proyección pública venían solamente determinadas por ser la pareja sentimental de la actriz. Prueba de ello –decía la Sentencia- es que el propio texto del reportaje tenía que explicar quién era él y qué cometido o labor tenía en la serie televisiva en que ella aparecía, y que el titular del mismo se refería únicamente a ella como protagonista, reconociéndose así que era ella el personaje famoso, apareciendo él solamente como accesorio del reportaje, y constituyendo la única razón de su aparición la relación que mantenía con la actriz.

De manera que podemos ir interpretando que la proyección y la notoriedad de que habla la Ley son condiciones equivalentes, como ya se ha dicho, de un público conocimiento de la identidad e imagen de la persona de que se trate. Este público conocimiento puede derivar de su actividad profesional o de su visibilidad más o menos regular en medios de comunicación, pero no extenderse automáticamente ni a cualquier persona que desempeñe una profesión potencialmente trascendente en el aspecto público (no todos los actores son conocidos, no todos los futbolistas son notorios por el hecho de que trabajen a cielo abierto y ante una grada: piénsese en los jugadores de categorías inferiores de fútbol) ni a cualquier otra que, simplemente, tenga alguna relación con quien sí es notorio.

Por supuesto, las fronteras no son estables: la inefable Belén Esteban se dio a conocer como pareja de un torero, y accedió a la notoriedad por esa causa. Sin embargo, no estoy nada convencido de poder reconocer que el solo hecho de aparecer personalmente vinculada a alguien que ya es indiscutiblemente notorio transforme a una persona en personaje público de forma automática (tal y como hemos visto en la Sentencia del Tribunal Supremo arriba comentada). En el caso de Belén Esteban, su acceso a la notoriedad pasó por esa condición, pero se consolidó cuando ella misma quiso aparecer como protagonista en su calidad de pareja de o, especialmente, ex pareja de.

Hay otros casos igualmente interesantes: la notoriedad pública no parece una condición que recaiga sobre las personas y las deba acompañar toda la vida. Los concursantes de Gran Hermano son indudablemente notorios durante unos meses, pero la mayoría de ellos pierden esa notoriedad al poco tiempo de terminado el concurso. Todos conocemos el caso de algún concursante que sigue siendo notorio desde hace años, aunque esa notoriedad se deba a su reconversión en comentarista del corazón. Frente a él -y a algún otro caso-, la mayoría han pasado a reintegrarse al anonimato por lo que, y aunque hace 10 años fueran personajes conocidos, no podría considerárseles hoy como las personas de proyección pública que sí fueron en aquellos momentos.

Por fin, y en cuanto a la interpretación del concepto lugar abierto al público, ésta (siguiendo la doctrina del Tribunal Supremo recogida en la Sentencia de 18 de mayo de 2.007, entre otras muchas) ha de ser finalista y no meramente literal, de manera que no cabe entender por tal todo aquel lugar o espacio al que cualquier persona pueda tener acceso en un momento determinado, sino el que resulte del uso normal por una generalidad de personas que acceden a él fuera del ámbito estricto de su vida privada. Un parque, una playa o un lugar equivalente son sin duda lugares abiertos al público. Pero una cala poco frecuentada, o un lugar resguardado -aunque sólo lo sea por arbolado- pueden no serlo. Estoy recordando un caso en el que el Tribunal Supremo negó que la terraza de un hotel fuera equiparable a un lugar abierto al público pues, si bien era de acceso libre para cualquiera y no estaba en principio restringida a clientes del hotel, la persona que había sido fotografiada se había colocado deliberadamente en un reservado, amparada por una sombrilla, era cliente del hotel y, en cualquier caso, dicha terraza (que daba sobre una playa) no tenía un acceso directo a la arena. Todo esto, unido a las acrobacias que los paparazzis demandados tuvieron que hacer para buscar un ángulo desde el que fotografiar, conducía a considerar que la terraza en cuestión no era propiamente un lugar abierto al público a estos efectos.