Nuestra Ley de Propiedad Intelectual diferencia entre las meras fotografías y las obras fotográficas, considerando estas últimas como obras en el más amplio sentido, y concediendo a sus autores los mismos derechos que ostentan los creadores de cualquier otra obra literaria o artística. Las meras fotografías, en cambio, no tienen la misma consideración, estimándose que  no son sino una mera reproducción de la realidad, sin un verdadero aporte creativo, y sólo dotadas de cierto mérito técnico.

La pregunta es clara: ¿cuándo estaremos ante una obra fotográfica?… ¿y cuándo ante una mera fotografía?

Como suele ser habitual, la respuesta es cualquier cosa menos sencilla. Dicho de otro modo: no hay una frontera perfectamente definida entre unas y otras, y sólo podemos contar con ciertos criterios para valorar si lo que tenemos entre las manos es una obra fotográfica o una simple fotografía.

Empezando por una premisa básica, la diferencia entre una obra fotográfica y una simple fotografía es fundamentalmente una diferencia de originalidad. Se consideran obras fotográficas aquellas fotografías que revelen una actuación creativa del fotógrafo, en el sentido de haber intervenido en la composición de lo que se fotografía antes de utilizar su cámara. Las fotografías de David Lachapelle, por ejemplo, con todas sus barrocas escenografías, su composición dramática, su cromatismo deliberado y su trasfondo teatral serían ejemplos perfectos de obras fotográficas: Lachapelle planifica las escenas, las construye, las decora, las ilumina y sólo después dispara su cámara.

Al otro lado, estarían las fotografías tomadas por los fotoperiodistas; escenas espontáneas o realidades autónomas del propósito del fotógrafo, que este simplemente capta tal cual se producen, sin intervenir en ellas. Eso no quita para que algunas meras fotografías hayan llegado a ser enormemente populares. Pensad en el retrato del Che Guevara tomado por Alberto Korda, o en la mítica fotografía del miliciano abatido de Robert Capa.

Sin embargo, las cosas no siempre son tan sencillas: si repasamos la obra de fotógrafos como Terry Richardson o Wolfgang Tillmans, encontraremos cómo buena parte de su trabajo tiene un voluntario aire espontáneo, como polaroids sacadas de improviso ante cosas que, simplemente, suceden. En muchas ocasiones ese aspecto inmediato esconde una elaborada planificación, pero en otras no deja de ser una captación espontánea de lo que hay al otro lado del objetivo… Ni que decir tiene que, en estos casos, al mercado del arte le da lo mismo: la firma de Richardson o Tillmans equivale a su consideración como objeto artístico en todo caso.

La Ley no aporta ni un solo argumento práctico para distinguirlas; se limita (artículo 128) a enunciar los derechos que ostentan los que tomen meras fotografías, reconociéndoles la exclusiva para autorizar la reproducción, distribución y comunicación pública de las mismas (no así la transformación) durante un plazo de 25 años, contados a efectos legales desde el 1 de enero del año siguiente al de toma de la fotografía. Esto no significa que, si tomaste una mera fotografía en febrero de 2012, tengas que esperar al 1 de enero de 2013 para explotarla. Puedes hacerlo desde el día siguiente.

Y esta no es una precisión gratuita; las meras fotografías son exactamente el medio de trabajo de los fotoperiodistas, que no componen ni escenografían lo que retratan, sino que lo captan tal cual se produce en la realidad. Y todos podemos imaginar que, en este mundo, la velocidad en la explotación de esas fotografías es esencial. Por ejemplo, la instantánea tomada en una prueba olímpica debería estar accesible en la web del periódico para el que trabajes -o al que vendas tus fotos- lo antes posible, porque se trata de una ilustración visual de una noticia que, como todas, tiene una rapidísima caducidad. Mañana ya no tiene apenas valor, y la semana que viene no tiene ninguno.

Según nuestra Ley, el fotoperiodista no es exactamente un autor. No tiene derechos morales sobre sus fotografías, no puede reclamar como tal la paternidad de las mismas en el sentido en que lo previene el artículo 14.3 de la Ley. Desde luego puede explotarlas, puede negociarlas, venderlas, autorizar que se reproduzcan o que se difundan, y pude hacerlo -claro- por un precio como freelance o por su salario si es empleado de un medio o de una agencia. Pero sigue sin ser estrictamente un autor. Pese a ello, sí puede registrar sus fotografías: el artículo 14.s) del Reglamento del Registro de la Propiedad Intelectual se lo permite exigiendo que aporte solamente una copia y la fecha de realización. Esta protección registral suple parte de los inconvenientes de la falta de verdadera autoría en sentido legal, pero las más de las veces es algo ilusorio: los fotoperiodistas sacan muchas fotos al día, y difícilmente pueden plantearse registrarlas todas (ni siquiera parte de las que toman) pagando las tasas que, por baratas, no dejarían de ser un gasto seguramente desproporcionado para ellos.

¿Hay alguna solución? Bien…me temo que no una perfecta. Un fotoperiodista seguramente tiene que mover su trabajo a la mayor velocidad posible, lo que significa que tramitar un registro para su producción es algo que sólo podría plantearse si en su tarjeta de memoria se encuentra con una fotografía de mérito excepcional, una carambola como la de Capa. Ciertamente, puede plantearse acudir a registros online como safecreative y alojar algunas de sus fotografías (dicho esto con toda la cautela acerca de la definitiva eficacia de safecreative y los archivos online como prueba), puede incorporar marcas de agua digitales y sólo proporcionar las imágenes limpias cuando logre negociar satisfactoriamente su trabajo…es decir, puede procurarse ciertas protecciones más prácticas en el momento que fiables en sentido total. Son auxilios relativos que pueden ser útiles, pero que tampoco pueden salvar la distancia que la Ley ha puesto entre los fotógrafos-autores y los demás. Porque es una frontera insalvable, y porque la Ley la ha trazado expresamente aunque sea en muchos casos difusa.